Langostas en Canarias: por qué debemos prestar atención

Recientemente, varias islas del archipiélago canario han registrado la llegada de enjambres de langostas procedentes del Sáhara, arrastrados por episodios intensos de calima y vientos persistentes del este. Las imágenes han sido llamativas y han generado inquietud, especialmente entre agricultores y gestores del territorio.

Aunque las autoridades han confirmado que no se ha detectado asentamiento ni reproducción significativa, el episodio invita a mirar más allá de la anécdota y preguntarnos qué nos está indicando este tipo de fenómenos.

Un fenómeno conocido, pero poco frecuente

La langosta del desierto (Schistocerca gregaria) es una de las especies migratorias más conocidas por su capacidad de desplazamiento masivo. En determinadas condiciones, especialmente tras lluvias abundantes en regiones áridas, puede multiplicarse rápidamente y formar enjambres que recorren cientos de kilómetros impulsados por el viento.

Canarias ya ha vivido episodios similares en el pasado, aunque de manera puntual. Lo que hace especialmente interesante el caso de febrero es la coincidencia de varios factores: inestabilidad atmosférica, intensificación de la calima y temperaturas suaves. No es un fenómeno nuevo, pero sí es un recordatorio de que determinadas dinámicas naturales pueden activarse cuando el contexto climático lo permite.

Cambio climático y variabilidad

Es importante evitar simplificaciones. No todo evento meteorológico responde directamente al cambio climático. Sin embargo, sí existe un consenso científico en que un clima más variable favorece episodios extremos y situaciones menos previsibles.

Mayor frecuencia de calimas intensas, alteraciones en los patrones de viento y cambios en los ciclos de precipitación pueden facilitar desplazamientos biológicos que antes eran menos habituales.

En este sentido, el episodio no debe entenderse como una excepción aislada, sino como parte de un sistema ambiental cada vez más dinámico.

El riesgo está en la vulnerabilidad

La llegada puntual de un enjambre no implica necesariamente daños graves. El riesgo real aparece si encuentra condiciones adecuadas para reproducirse o permanecer.

Aquí entra en juego un elemento clave: la vulnerabilidad del territorio. Zonas agrícolas con determinados cultivos, espacios con vegetación abundante o periodos concretos del año pueden incrementar la exposición al impacto.

Cuando el análisis se realiza a tiempo, las medidas pueden ser proporcionadas y preventivas. Cuando no se prevé el escenario, la respuesta suele ser reactiva y más costosa.

Una cuestión de planificación estratégica

Este tipo de episodios subraya la importancia de incorporar el análisis de riesgos emergentes en la planificación territorial y sectorial.

Los proyectos estratégicos, ya sean agrícolas, logísticos, energéticos o urbanísticos, se desarrollan en un entorno que ya no puede considerarse estático. Variables climáticas, ecológicas y atmosféricas deben formar parte del contexto inicial de cualquier evaluación.

En Altacia trabajamos precisamente en esa línea: integrar información ambiental actualizada, analizar escenarios posibles y reducir la exposición a riesgos que, aunque no siempre probables, sí son posibles.

No se trata de anticipar catástrofes, sino de mejorar la calidad de las decisiones.

Planificar atendiendo a las señales

La presencia de enjambres de langostas en Canarias no ha derivado en una crisis ambiental. Sin embargo, sí actúa como señal de que los territorios están expuestos a dinámicas cada vez más interconectadas.

Interpretar estas señales, estudiar sus causas y evaluar su posible evolución es una forma responsable de gestionar el territorio. La planificación estratégica ambiental consiste precisamente en eso: entender el contexto completo antes de actuar.

Porque en un entorno cambiante, anticipar es siempre más eficaz que corregir